Gospel en el espacio (Spiritualized, @Teatro de la Ciudad de México)

Spiritualized en México

Por Francisco Morales

Poco sirvió la impresión de la “hora de inicio” en los boletos de los asistentes: a las 20:00 hrs., el Teatro de la Ciudad de México se veía peligrosamente desangelado. Para el desconcierto de quienes no sabíamos que habría un telonero, los manchones esporádicos de gente que ocupaban el recinto enrarecían la atmósfera. ¿En qué mundo sería posible que Spiritualized tocase ante un foro vacío? Un alivio paradójico –ahora lo explico- se apareció en la figura de Martin Thurin, quien salió puntual a cumplir con su chamba de preparar los oídos para el concierto.

Un párrafo sobre la apertura: ya se sabe que fungir como opening act para una gran banda es trabajo agridulce, sin embargo, es imposible no medir al telonero con el gigante que habrá de sucederlo. Aunque apreciable, el show en vivo de Thurin es más bien malón. Su bajista y tecladista cumplen bien con la tarea de crear atmósferas densas para que él acomode su voz, pero el ex-vocalista de Los Fancy Free, ahora solista, se ve incómodo en el escenario. No sólo eso, en uno de los interludios entre canciones, Thurin asegura que ha buscado crear música “sin referencias”, pero su voz y presencia escénica remiten irremediablemente a Ian Curtis y al David Byrne de los Talking Heads, pero diluidos. .

Tras el estruendo de aplausos que le siguen al apagado de luces, una oleada de feedback, atenuada por un teclado ligero, vibró por minutos ante la expectativa imperante. Como si estuviesen a punto de abordar a una nave espacial, Spiritualized entró en una procesión de seis que tomó, estoica, su lugar en el escenario. En la retaguardia, unos segundos después, Jason Pierce (para muchos, aún, J. Spaceman), se colocó en el lado izquierdo del escenario, en una silla, tras unos lentes oscuros y la inexpresividad facial que lo caracteriza. La invitación a flotar en el espacio no pudo ser más explícita: “Here It Comes (The Road, Let’s Go)” fue la elegida para el despegue.

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Para entender el show, conviene detenerse en la encarnación actual de Spiritualized. Al frente, oscilante entre su aparente indolencia y el sentimiento bruto de su voz quebradiza, Jason Pierce desteje sus obsesiones por los medicamentos (drogas), el espacio y la vida después de la muerte con presteza lírica y vocal. Su movilidad de estatua, que bien podría resultar pedante, aquí sirve como un elemento de agradable desconcierto. Asimismo, su guitarra cumple con la tarea de brindar la base de acordes a cada canción, los arpegios en las más lentas y los rasgueos frenéticos en los jams durante las piezas. J. Spaceman no es un hombre de este mundo, y se comporta como tal.

Sus acompañantes no sólo están a la altura, sino que fungen como propulsores de toda la maestría escénica. Doggen (guitarra principal) es amo del slide y los riffs elípticos y enervantes. Tom Edwards (teclados), casi oculto al fondo del escenario, conduce atmósferas que, por su sutileza, llenan al oído de manera subrepticia. Thomas Wayne (Bajo) logra que su instrumento conduzca las canciones lentas con contrapuntos finos a la guitarra, al tiempo que se vuelve equivalente a una máquina de power chords durante las partes más “rockeras”. Kevin Bales (Batería), sin duda el único locuaz en el escenario, es tan hábil en el desenfreno de la improvisación como en la mesurada entrega de las piezas más progresivas. Y las indiscutibles cerezas del pastel: un dúo de coristas negras (cuyos nombres no pude encontrar en línea) que remiten a lo más luminoso del mítico Harlem y brindan al “nuevo” Spiritualized su toque distintivo.

Con un setlist notoriamente pulcro, sin baches o estancamientos, Spiritualized le vivió a su nombre. La inmovilidad de los músicos (a excepción de las coristas y el baterista), cuya contraposición con la exuberancia de la música era evidente, es una muestra cabal de la espiritualización entre los miembros de la banda. Para el espectador, Spiritualized opera con el desenfado al que sólo puede accederse con la genialidad o los años. La progresión luminosa y fluctuante de las canciones, junto con los cuestionamientos ontológicos y religiosos de Pierce, y el poderío de las coristas, convirtieron al Teatro de la Ciudad de México en una iglesia sonorizada por el más fino gospel en el espacio.

Parco como siempre en su entrega física, Pierce se despidió de la audiencia con las únicas palabras que cupieron fuera de sus letras: “O.K.”. Tras levantarse de su silla y tomar unos segundos para agradecer los aplausos, el artífice detrás de la espiritualización de los presentes dejó el escenario vacante y a una audiencia todavía incrédula de lo presenciado: Pueden irse en paz.

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