Saberse poeta (artículo)

Paz poeta

Por Francisco Morales

 Confieso que acabo de entrarle a Octavio Paz. No me avergüenza, desde luego; hay lecturas para rato y me agrada saber que, aún dentro del canon literario de mi país -ese que todos “debiéramos” conocer- hay autores altamente visibles que permanecen como un misterio para los ojos. Lejos de buscar excusas o explicaciones simplonas, aventuro una conclusión personal: mi caso, al menos dentro de lo que puedo ver en mis contemporáneos, es aborreciblemente común.

 Dos sombras se ciernen sobre la juventud del lugar donde vivo: el desinterés y la búsqueda hueca de una fachada de “artista”. Me considero incapaz de hablar por quienes crecieron dentro del DF. Yo pertenezco a  la masa de jóvenes nacidos en la década del 90 que transitamos, algunos más despiertos que otros, por las escuelas primarias, secundarias y preparatorias privadas del Estado de México. Admiro a quienes pueden realizar generalizaciones educadas sobre grupos sociales y generaciones de personas; yo no soy de esos. Cuando digo “mi generación” hablo de todos los universitarios que, como yo, crecieron en la zona metropolitana del DF y sus alrededores, cobijados por la cómoda lentitud de los suburbios.

El desinterés abate a la mayoría, el hipsterismo -en el lamentable sentido actual del término- vuelve obtusos a tantos otros. Para los que restan, una vez que han decidido que el arte no sólo interesa, sino que importa, el descubrimiento de la música, los libros y el cine suele tener una batalla por delante contra lo que se piensa que es el canon.

Desde la adolescencia me ha parecido detestable el determinismo con el que la frase “todos los jóvenes son rebeldes por naturaleza” está construida. No obstante, aunque no planeo entrar en consideraciones psicológicas que me superan, encuentro una tendencia en los diecitantos de favorecer a las vanguardias y a la contracultura sobre aquello que se considera “clásico” o “necesario” en la educación de uno. Para quien así lo percibe, la lectura es una actividad de un empoderamiento espiritual de tal magnitud que, cuando impuesta, resulta insoportable.

Moneda Paz

A Octavio Paz le vemos en todos lados: ha sido moneda y billete, es cifra del medallero Nobel nacional y, dentro de las aulas, es tratado como una suerte de prócer mexicano de las letras. El laberinto de la soledad nos es arruinado con imposiciones y clases mediocres casi tanto como nos lo hicieron, años antes, con El Principito.

 Si bien es cierto que mi alejamiento inicial se debió, en parte, al hastío inevitable que la figura del Paz oficialista (el omnipresente) me ocasionaba, fue más por falta de interés que decidí no leerlo, como ha sucedido con tantos otros autores. Descubro, sin embargo, que es cada vez más común encontrarme con personas que, más que detractores de Octavio Paz, o meros desinteresados como yo hace unos años, podrían bien llamarse antipacistas. Sus motivos -a veces no explícitos- son varios; transcribo algunos, otros los aventuro al tanteo:

1.      Octavio Paz es una figura irremediablemente ligada al gobierno; peor aún, al más álgido priísmo.

(El contrargumento de que, una vez enterado de los eventos del 2 de octubre, Paz dejó su cargo como embajador en la India resulta casi siempre irrelevante para quienes lo atacan por colaboracionista).   

 2. Todo El laberinto de la soledad es un desvergonzado “fusil” de la obra de Samuel Ramos.

(Pocos mencionan ejemplos contrastantes de ambas partes).

3. Octavio Paz era un hombre arrogante, narcisista, que formó una mafia cultural alrededor de su persona que lisió la vida literaria del país.

(Hace unos años, un profesor de literatura que respeto mucho me relató un rumor en el que Paz, consciente de que necesitaba el Cervantes para acceder al Nobel, movió sus influencias para obtener el premio en lugar de quien lo recibiría ese año: Juan Rulfo. Otro caso: el desconocimiento de facto del gigantísimo Jorge Cuesta de la escena literaria nacional, por órdenes de Paz).

4. Carlos Monsiváis “lo aplastó” en un debate público, demostrando así la poca calidad intelectual del poeta.

(El tan mencionado debate ocurrió en una serie de textos entre ambos autores a través de la revista Proceso).

5. Elena Garro, escritora esposa de Paz, delató a numerosos estudiantes que participaron en las movilizaciones del 68.

(Así, sin más).

6. Octavio Paz es un mal poeta, de producción irregular, cuya obra palidece ante la de sus contemporáneos.

(Abundan, aquí sí, los ejemplos ofrecidos por el argumentante. Los textos van desde poemas poco conocidos hasta fragmentos de “Piedra de sol”).

Monsi Paz

Una revisión rápida de todos los enunciados demostrará que, con excepción del número 5 -que además de machista está mal dirigido-, muy a pesar de los defensores acérrimos del poeta capitalino (que sí los hay), sí existen razones para, al menos, comenzar un debate nutrido. No obstante, ¿es realmente necesaria esta animadversión dirigida hacia la figura de Paz? Personas cuya inteligencia tengo en gran estima, como el caso ya referido de mi profesor, han podido sostener grandes razones para aproximarse a Paz con cautela, incluso censurarlo. Aún así, la mayoría de los argumentos, además de maliciosos,  están construidos con la desvergüenza ad hominem de quien no busca una genuina confrontación de ideas.

El primer Octavio Paz que logró capturarme fue el Paz traductor, faceta capital de su producción que, lamentablemente, jamás es atendida por los antipacistas. Yo estaba, por aquel entonces, muy interesado en el haiku, a causa de The Dharma Bums, de Jack Kerouac. A partir de ahí fue sólo cuestión de tiempo para que llegara a Matsuo Bashō y, paralelamente, al Paz traductor, incondicional amante de esta forma de poesía japonesa:

Este camino

Ya nadie lo recorre,

Salvo el crepúsculo

 La proeza interpretativa y de traducción de Paz se me presentó clarísima cuando, hace no mucho, tropecé con una columna de Guillermo Sheridan en el portal en línea de Letras Libres. En ella, el autor refiere una entrada en el blog de Aurelio Asiaín donde este último expone un plagio de la traducción realizada por Paz. El plagiario, quien bajo la engañosa frase de “todas las ideas le pertenecen a todos los hombres”, se apropia del texto abanderando una supuesta literalidad. Predeciblemente, la defensa de su hurto es también absolutamente antipacista. Para desmentirlo, Asiaín hace una traducción verdaderamente literal del original de Bashō:

este – camino – ¡ah! / que vaya – hombre – no hay – en /otoño – de – atardecer

…para luego referir otra traducción “aceptable”:

¡Este camino!

No va nadie por él.

Tarde de otoño.

Considero manifiesta la superioridad de la versión de Paz si, como muchos pensamos, en la traducción poética debiera favorecerse a la búsqueda de la experiencia estética análoga a la del texto original, aún sobre la literalidad que una traducción calcada puede ofrecer. El crepúsculo errante de Paz, creo, evoca de mejor manera la soledad de un camino que, desposeído de toda presencia humana, sigue iluminado por la gracia natural de la existencia.

Otro gran ejemplo de la excelencia como traductor de Paz puede encontrarse en su trabajo con William Carlos Williams.

Basho

No planeo adentrarme en los terrenos ensayísticos de la producción de Paz. La conozco muy poco y, además, no puedo referir muchas de las obras de quienes, supuestamenete, fueron plagiados por el autor. Es su poesía, sin embargo, la que me interesa gravemente. Con esto, y un modesto conocimiento de la materia, puedo afirmar que Octavio Paz es un poeta absolutamente fascinante. No sólo eso, es un poeta total.

 Sirva como un ejemplo inicial un fragmento de su poema “Decir, hacer”:

Entre lo que veo y digo,

Entre lo que digo y callo,

Entre lo que callo y sueño,

Entre lo que sueño y olvido

La poesía.

Se desliza entre el sí y el no:

dice

lo que callo,

calla

lo que digo,

sueña

lo que olvido.

No es un decir:

es un hacer.

Es un hacer

que es un decir.

La poesía

se dice y se oye:

es real.

Y apenas digo

es real,

se disipa.

¿Así es más real?

 Como lo referí anteriormente, en lo que a las secundarias del país respecta, Octavio Paz es grande por dos cosas: El laberinto de la soledad y su Premio Nobel (concedido, nos enseñan, por quién sabe qué méritos). No obstante, una revisión rápida de su obra completa y las entrevistas que concedió a la prensa mostrarán a un hombre que, ante todo, era poeta. No es coincidencia que los que, quizá, sean sus libros de ensayos más utilizados por académicos y estudiantes de letras, los popularmente olvidados El arco y la lira y La llama doble, aborden a la poesía como algo más que vital, sino hasta ontológico. Como se nos muestra en “Decir, hacer”, Paz tenía a la poesía como algo real que remite al hombre a sus circunstancias primigenias e inaugurales. Es, en esencia, eso que produce el pensamiento, pero que también lo supera y antecede. La poesía sueña lo que Paz olvida. Es, para el poeta, el motor único de su existencia.

En una entrevista con Robert Saladrigas, Jorge Luis Borges (quien también vio a su poesía sepultada por su obra en prosa), declara, sobre la producción literaria que cultivó:

Mis cuentos han llegado más lejos que mi poesía y en general se me conoce más por aquellos que por esta (…) Pero voy a decirte algo que a buen seguro le (sic) sorprenderá. Usted sabe que se considera a la poesía como el arte literario intimista por excelencia y que, precisamente por serlo, permite al autor depositar mejor en él su personalidad. Esa es la razón por la que yo he cultivado la poesía, inducido por una necesidad imperiosa de expresar la complejidad de mi ser, en la más noble faceta del arte literario. La poesía es naturalidad y, por el contrario, el cuento siempre es artificio.

 ¿Qué hubiera dicho Paz si, como Borges, hubiera podido ver que la faceta menos intimista de su literatura es la que ha sido mayormente leída? Más aún, ¿qué habría pensado de ser relegado al terreno de los “tedioso”, “escolar” y canónico? Al menos Borges goza ahora de un sinnúmero de seguidores que lo idolatran tanto en obra como en persona. El “Nobel mexicano”, por el contrario, ha sido relegado a una posición de extranjero pernicioso para la juventud del país en el que, hace no tanto, se irguió como un vital poeta joven.

Resulta paradójico que otro argentino, Julio Cortázar, haya podido colocar uno de sus libros más arriesgados (Rayuela) bajo el brazo de cada estudiante latinoamericano enamorado y, Blanco, esa maravilla filosófica-erótica del mexicano, pueda encontrarse en su vanguardista formato original sólo en las librerías de viejo.

En el mismo ambiente escolar en el que “prócer mexicano de las letras” es una estatua inerte, a Cortázar se le enseña como un bello paladín renegado que, ante todo, está vivo y sonriente. Por supuesto, la diferencia entre la producción de ambos autores es abismal, cada una con sus respectivas virtudes, pero, ¿acaso es que no hay nada juvenil, arriesgado y romántico en la obra de Paz?

Quizá el esfuerzo imaginativo de vislumbrar un cambio en la enseñanza de Paz podría resultar, para algunos, improductivo y fútil, pero a mí me resulta inevitable. Imagino al poeta como una parte no marginal de la educación emocional de aquellos a quienes les importa la literatura. Qué diferente sería concebir a Paz como el romántico amador de La llama doble, al vanguardista filosófico en Blanco, al épico poeta de largo aliento en “Piedra de sol” y, también, como probablemente le hubiera gustado ser recordado, como el virtuoso poeta mexicano de “Trabajos del poeta” y “Decir, hacer” que no aspiraba a más que eso: saberse poeta.

Paz joven

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