David Bowie, la institución (Editorial)

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El nombre David Bowie no remite a un género musical, a una manera de vestir o a una ideología definida, sino a un catalizador para transformar la cultura a nivel mundial. No sólo marcó un hito en la década de los 60, sino que le mostró al mundo la gama de posibilidades que existen dentro de la música y la sociedad.

Desde su emblemático Ziggy Stardust hasta las declaraciones sobre sus preferencias sexuales, Bowie despertó–involutariamente, tal vez– el espíritu revolucionario de la juventud de la segunda mitad del siglo XX. Sin ser un emblema, su estilo despertó la hermandad de las minorías que permanecían al margen de la sociedad y se abundó en los campos de la diversidad sexual.

Su fusión entre las ramas del espectáculo, como moda, cine y música, lo convirtieron en una institución dentro del mundo del pop. David Bucklet, su biógrafo, señala que “la esencia de la contribución de Bowie a la música popular se encuentra en su sobresaliente habilidad para analizar y seleccionar ideas fuera de la música–del arte, la literatura, el teatro y el cine– e incorporarlas a ésta; de este modo, el pop se actualiza constantemente”.

David Bowie, en resumen, es un artista que rompe para volver a construir; poseedor de la capacidad de sorprender a cualquiera que lo escuche. Él, más que obedecer, se apropia de las reglas para borrarlas y escribirlas a su gusto, para demostrarle al mundo que no lo ha escuchado todo y que, por mucho que pasen los años, habrá Bowie para todos.

Mosaico 

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