La hora de recreo (columna)

Por Andrea Deydén

Me imagino que llegar por primera vez al Vive Latino debe generar los mismos nervios que el primer día en una nueva escuela, a la mitad del ciclo escolar. Todas las “bolitas” ya están formadas, tal vez desde muchos años antes, y el niño nuevo, cuyo instinto gregario despertó de pronto, necesita acceder al grupito de mocosos para no sentirse un completo anónimo.

Si no corre con la suerte de encontrar una mano amiga antes del recreo, ya sea porque como toda novedad resulta curiosa o porque el espíritu de la Madre Teresa tocó a alguno de sus compañeros, estará destinado a comerse su sándwich en una esquina del patio, cerca de algunas maestras no muy felices de ceder su hora de almorzar para echarles un ojo a un montón de mocosos gritones que corren como si estuviesen bajo los efectos de algún psicotrópico. Y ahí permanecerá el aludido, ignorado por los cientos de personas cuya existencia desconocía hasta esa mañana, pero que en ese momento representan la crema y nata de su universo social, hasta que alguien se sienta lo suficientemente condescendiente como para hablarle.

Lo ideal sería, claro, que el inocente niño no se topara con algún patán que decidiera hacerlo resaltar de la manera más cruel y así dejar la crónica de su día en saldo blanco. Ni amigos ni enemigos, el mejor escenario posible dentro de la gama de malos escenarios. Pero los artistas nuevos en esto del Vive, más o menos desconocidos en el mercado nacional, no tienen la opción de dejar su cuenta en ceros.  O se van a topar con alguien buena onda o con un barbaján que se siente el rey del universo, pero no van a ser ignorados por los asistentes al evento. Ya pagaron por verlos, ¿no?

Además, el reto que tienen es enorme; la saña de los asistentes a eventos masivos es lo único que supera la crueldad de un centenar de mocosos entre siete y doce años. Si no complacen las expectativas, la gente se va a ir a otros escenarios o comenzará con el mexicanísimo acto del chiflido, ritual precolombino ideado para ahuyentar a los malos espíritus de las casas y bajar artistas con el ego maltrecho de la tarima. Durante los primeros momentos de su presentación todo es un volado. Si no hacen amigos en los primeros tres minutos del recreo, ya no los hicieron.

Y no es que las bandas que recién figuran entre los invitados al Foro Sol sientan el deber de ponerse al tú por tú con los más consagrados, para nada. Dudo bastante que una agrupación como Chico Trujillo piense en entrar al tú por tú con Los Fabulosos Cadillacs, Morrissey, Blur o Los Auténticos Decadentes; sería como pretender que un recién llegado desbanque al prepuberto más popular de la primaria. Lo único que quieren es dejar su cuenta en saldo positivo, no encontrarse con chiflidos patanes, sino con una mano amiga dispuesta a escuchar su propuesta. Después de todo, durante toda su presentación, estarán avocados a la crema y nata de su universo social: El público.

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