Silver Linings Playbook y las buenas rom-coms

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Por Francisco Morales

¿Existe algún género cinematográfico más vapuleado que la comedia romántica? El propio nombre, lejos de sugerir algún híbrido entre Goethe y Molière, imprime en la mente los rostros del ojiazul Grant y la pelirroja Roberts, en ocasiones con desprecio. Boleto tras boleto, año con año, las salas del mundo se pueblan con millones de espectadores que asistimos, conscientemente, a la repetición de la fórmula. Y aún así, con el escarnio y el descrédito que merece un género tan exhausto, seguimos pagando por ver a la nueva dupla de estrellas malabarear -con poco éxito- el conocidísimo boy-meets-girl. Somos seres gregarios y palomeros.

Resulta difícil pensar que a Annie Hall y a la película en cartelera de Adam Sandler se les pueda poner en el mismo cajón, pero conviene recordarlo. La comedia romántica, aunque constreñida por las convenciones que la conforman, ofrece grandes posibilidades para las buenas historias, para hacer gran cine. Cuando la regla es “júntalos, enamóralos y hazlo entrañable”, la pericia del guión y la dirección pueden concentrarse en el “cómo”, puesto que el “qué” ya ha sido resuelto. Pensemos en Before Sunrise, de Richard Linklater, como una comedia romántica cuyo “cómo” es el motivo por el que la cinta funciona y conmueve tan bien.

Dicho lo anterior, pienso que Silver Linings Playbook es una verdadera joya (y no sólo de su género). Contrario a lo que yo mismo habría pensado al comenzar el año, de las siete competidoras por el Óscar que vi antes de la ceremonia (aún me faltan Zero Dark Thirty y Les Misérables) es la cinta de David O. Russell la tercera que más me ha gustado, después de Amour y Beasts of the Southern Wild, claro. Considero que, aunque bien podría ser vista por muchos como una simple feelgood flick, hay cierta maestría en su hechura.

Desconozco por completo el libro homónimo del que provino el guión, pero tengo motivos para pensar que O. Russell, director y guionista, es un lector empedernido. ¿De qué otra manera podría explicarse el peso de los gags librescos y literarios dentro de la cinta? Aun si proviniesen del texto original de Matthew Quick, las escenas que tocan a los libros son tan determinantes que se vuelven, también, mérito del director.

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El primer exabrupto con el que el espectador conoce la condición bipolar de Pat Solitano (un acertado Bradley Cooper) es a través de su desesperación hacia Ernest Hemingway, cuando A Farewell to Arms es lanzado por los aires a través de una ventana. Es a partir de esta  incompatibilidad entre el protagonista y la novela que uno recibe un esbozo de la filosofía “Excelsior” de Solitano, de capital importancia para la historia. Por otro lado, sabemos que Nikki, la raison d’être del protagonista y esposa perdida, dedica su vida a la enseñanza preparatoriana del catálogo básico de lecturas juveniles en lengua inglesa. Esta es una contraposición directa e intencional con la fisicalidad de Tiffany Maxwell (Jennifer Lawrence), quien, a pesar de poseer una brillante capacidad dialógica y reflexiva, trata con hilarante desdén a las obras de William Golding y John Steinbeck. Si bien cada personaje es construido situacionalmente a través de la cinta, importantes aproximaciones a sus motivaciones y pensamientos provienen de la relación de cada uno con la literatura.

Aunque brillante en las escenas físicas, como los encuentros haciendo jogging de los protagonistas y sus prácticas de baile, son los diálogos entre ellos los que guian a la cinta hacia su condición de gran cine. El ejemplo más obvio ocurre en la escena donde Pat y Tiffany tienen su primera “cita”, en el diner. En éste, el mejor momento de Lawrence, la  actriz logra crear una atmósfera de abierta tensión sexual meramente con el relato de sus escapadas compulsivas tras la muerte de su esposo. Esta técnica, que reniega del facilísimo flashback, recae en la relación equilibrada entre el guión, los actores y la capacidad del director por convertir una conversación con té y cereal en una enrarecida escena de coquetería y sexualidad; todo esto sin perder el gancho de toda la cinta: estamos presenciando el enamoramiento de dos “locos”. Así, entrecomillado.

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Quizá la maniobra más efectiva de la cinta, como conjunto, sea la de asegurar que son sólo dos “locos” los que participan en la trama, cuando en realidad estamos viendo a toda una comunidad de patologías en conflicto. Todos los personajes de mediana importancia para la cinta presentan alguna especie de comportamiento patológico, desde conductas obsesivas compulsivas (“Pat Sr.”, Robert De Niro), pasando por la codependencia (“Ronnie”, John Ortiz y “Dolores Solitano”, Jackie Weaver), la ludopatía (“Randy”, Paul Herman), hasta la agresividad pasiva (“Jake Solitano”, Shea Whigham y “Veronica Maxwell”, Julia Stiles). Son, sin embargo, los dos protagonistas en proceso de enamoramiento los únicos que, dentro de este mundo, son diagnosticados con un problema.

Lo anterior es especialmente perceptible en la escena donde el padre de Pat reclama a su hijo la derrota de las Eagles, culpando a Tiffany del mal “juju” que ha acarreado tras robarle tanto tiempo en familia. En un despliegue de hilaridad, Maxwell se embarca en un discurso, muy al estilo de los Hermanos Marx, donde utiliza las reglas impuestas por la “locura” de todos los protagonistas para entregar una sólida diatriba que deja a todos los presentes convencidos y boquiabiertos. “Though this be madness, yet there is method in ‘t” (“Aunque esto sea locura, hay algún método en ella”), decía Polonius, al referirse al los diálogos del Príncipe Hamlet que, aunque desquiciados, gozaban de una retórica impecable.

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En su brillante totalidad, SLP se las arregla incluso para hacer comentarios sobre el género al que pertenece. Aunque quizá sea una afirmación indefendible, considero que el gran cliché de la escena del beso entre Tiffany y Pat, en una calle medianamente iluminada, después de una persecución, es tan “lugarcomunera” que no puede más que ser intencional, sobre todo si se considera que el guión de la cinta está perfectamente orquestado.

En la Philadelphia irracional de la película, todo es sujeto a burla y las apariencias son sólo eso, apariencias. El discurso de la cinta, si lo hubiera, podría ser el siguiente: el amor es cosa “locos” y, en este mundo, todos lo estamos. ¿Sencillo? Quizá sí. ¿Aún así entrañable? En definitiva.

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